La adolescencia es una etapa en la que empiezas a mirarte diferente. Más veces, más intensamente y, muchas veces, a través de los ojos de otras personas.
Empiezas a preguntarte si encajas, si gustas, si eres suficiente. Y todo esto ocurre en un contexto donde las redes sociales forman parte del día a día.
Un lugar donde, con frecuencia, todo parece perfecto; donde muchas personas parecen estar bien. Y aunque sabemos que no es del todo real, algo dentro se compara igualmente.
Nos comparamos con cuerpos, con vidas, con formas de ser… y, muchas veces, sentimos que salimos perdiendo. No porque no valgas, sino porque te estás midiendo con algo que no es real.
Poco a poco, la autoestima puede empezar a construirse hacia fuera.
En los “me gusta”, en los comentarios, en las respuestas, en la aprobación…
Y entonces, se vuelve más vulnerable.
Porque con facilidad puede tambalearse: un comentario, un silencio, una comparación más.
No es casualidad que cada vez aparezca más inseguridad, más ansiedad, más sensación de no ser suficiente. Las redes no solo muestran, también facilitan dinámicas de comparación constante y búsqueda de validación externa
Pero la autoestima no va de gustarte siempre. Tiene que ver con la valoración que haces de ti, con cómo te hablas y cómo te sostienes cuando aparecen las dudas.
Se construye en esos momentos en los que no te gustas, cuando dudas, cuando sientes que no encajas. Ahí es donde se juega de verdad.
Quizá el reto no sea quererse más, sino mirarse distinto; con más amabilidad y con menos exigencia.
Empezar a construir algo más interno, más propio, menos dependiente de la aprobación ajena y de la pantalla.
Quizá no se trata de gustarte siempre, sino de dejar de mirarte con tanta dureza.
Foto: Elena López




